Y eso pasa por ejemplo con el río Aguapey, un curso de agua ubicado en la provincia de Corrientes entre las localidades de La Cruz y Alvear.
Su nacimiento puede ubicarse en las difusas márgenes de los Esteros del Iberá en el corazón de la provincia. Partiendo de bañados e hilos de agua que convergen en sus orígenes finalmente toma forma su cause principal atravezando en forma zigzagueante la llanura hasta desenbocar en el río Uruguay. De hecho, una vista area del Aguapey lo hace perecer a una serpiente reptando en dirección al "río de los pájaros".
Conocer este río era una vieja asignatura que tenía con mi amigo Omar quien lo visita regularmente en busca de dorados pero en su tramo más cercano a la desembocadura.
Finalmente, ese "proyecto" tuvo su correspondiente cruz marcada en el almanaque que fijaba como fecha de nuestra visita el día sábado 16 de abril pasado. Llegamos a La Cruz sorprendiendo a los gallos y la "perrada" nos salía al cruce cuando nos acercamos a la casa de la familia de Omar. Después de acomodar los bolsos, entre mates fuimos preparando los equipos y enganchando la chata que nos llevaría a ese paraíso.
Llegar al tramo relevado requirió de bastante más de una hora por camino de tierra mejorado, de pedir el permiso correspondiente al mencho de una estancia para atravezar el campo y de inventar con las chatas doble tracción el camino hasta el río. La suma de todo esto no hacía suponer otra cosa que el tramo de río que pescaríamos era virtualmente innaccesible y, por añadidura, con escasísima presión de pesca.
Si llegar a este tramo del río no fué nada fácil atravezando pajonales de metro y medio de altura, tampoco lo fué la bajada de la lancha. Hubo que quedarse en patas, meterse al agua y acompañar la lancha a pulso por un chorro de agua que no alcanzaba para bajar la hélice.
El esfuerzo tuvo el premio de llegar a lugares como estos

Las márgenes de este curso de agua alternan a cada palmo jungla y arenal.
Los paleríos costeros construidos azarosamente por cada crecida son la perdición de cualquier señuelero.

La enorme tentación de vadearlo solo era contenida por momentos por el peligro real de pisar un raya, pero a veces los peligros vienen corriendole de atrás a la pasión.

Como preveíamos, las palometas se invitaron solas a la fiesta y entonces nos movíamos de lugar.
Cada curva y contracurva era fusilada con señuelos de todas las calañas hasta que le fuimos encontrando la vuelta.
Un objetivo que teníamos desde antes de nuestra partida desde Buenos Aires era justamente ese: tratar de descular este río pescandolo con artificiales y poder volver a visitarlo con un "background" que nos facilitara la cosa a futuro.
De charlas con lugareños y pescadores de más de veinte años de la zona pudimos confirmar que todavía no se había explorado la pesca con señuelos en estas aguas. El desafío y las ganas de tener buenos resultados entonces eran incalculables.
La búsqueda y las promesas empezaban a dar frutos



Luis, el hermano de Omar, es un pingazo que las primeras dos horas de pesca nos ofició de timonel. Como quería que pescáramos lo más cómodo posible no pescaba a la par nuestra sino que aprovechaba los momentos en que estábamos disfrutando un pique para tirar su linea con carnada y también metía doradillos.


Agresivos y muy vitales estos ejemplares peleaban dejando todo.


Mi Alfers Killer haciéndolo rebotar adrede en las barrancas para que caiga chasqueando el agua me daba piques hermosos.


Omar apostaba en grande con sus señuelos y con capturas de este tamaño recibía las cargadas que mantenían la alegría constante en la lancha.

Los piques fueron intermitentes hasta el mediodía. Entonces paramos en la costa y almorzamos de parados "para no perder tiempo". Después de dejar a Luis en un recodo para que se saque las ganas, con Omar remontamos el río a motor para volver pescando al garete y al golpe sin perdonar obstáculo o remanso alguno.
Este fué un trabajo de equipo ya que cada tanto uno de los dos debía corregir la deriva a remo mientras el otro casteaba o peleaba algún dorado.

De su castillo de palos salió ejectado a cortar al medio mi señuelo este dorado de seis kilos que voy a recordar por mucho tiempo por la durísima pelea que me ofreció.

La deriva nos iba acercando peligrosamente a los palos y pude sacarlo del lugar crítico a pura muñeca. Pero esto duraba segundos. Con la caña lo aguantaba como podía mientras corridas frenéticas me obligaron como último recurso a peinar el carretel con el dedo para evitar que gane los árboles y corte. Omar todavía se acuerda de los chirridos de mi dedo sonando contra el multi. La pelea duró largos minutos en que el dorado reconoció otra chance de escapar y embestió como una locomotora hacia unas ramas emergentes varios metros lejanas al lugar del pique.

Cuando lo levantamos la alegría de mi amigo fué aún más grande que la mía. Tanto que después de darme una palmada felicitándome lo miro y lo veo con los ojos llorosos de emoción. Son esas cosas que tiene la amistad y que son difíciles de empardar.

Un lindo "jacundo", que es como le llaman los locales a los dorados panzones y con la joroba bien marcada.

Así se iba terminando la jornada, con el corazón inflamado de alegría y el Aguapey espejando las últimas luces de un día inolvidable.
Un pequeño relato con el que ojalá puedan disfrutar por lo menos un poco de lo que vivimos nosotros.
Saludos a todos
Pesca y Devolución - Catch & Release -
Jackall



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